Por Ricardo Trotti
Al cumplirse hoy el primer año de su segundo
mandato, resulta inevitable mirar por el retrovisor y comparar al actual Donald
Trump con aquel de 2017, el año de su debut en la Casa Blanca.
Si rebobinamos la cinta hasta su primera
presidencia, para entender la metamorfosis del poder, encontramos a una figura
con la energía caótica de un adolescente rebelde. Aquel Trump irrumpía en la
capital con ínfulas de justiciero contra “la ciénaga de Washington”, decidido a
romper con los “corruptos” opositores, los periodistas "enemigos del
pueblo" y los inmigrantes “criminales y violadores”. Era el outsider ruidoso
cuya retórica incendiaria en Twitter obligaba a todos, en el ámbito nacional, a
tomar partido. Ladraba mucho, pero no mordía del todo.
Su rebeldía tenía objetivos relativamente
convencionales dentro del conservadurismo. En su visión, Rusia y Corea del
Norte eran enemigos que disuadir con esteroides presupuestarios para la
maquinaria militar. Hacia el sur, su obsesión era desmantelar el legado de
Obama. Se vanagloriaba de imponer “duras sanciones” a Venezuela y Cuba,
apostando por la asfixia financiera antes que por la intervención directa.
En inmigración, quería un muro de cemento y
acero, y llegó a ofrecer protección legal y ciudadanía para jóvenes inmigrantes
indocumentados traídos de niños, los llamados dreamers, a cambio de
fondos para construirlo y de un endurecimiento general del sistema migratorio.
Aquel Trump adolescente chocaba con las
instituciones. Era ruidoso, molesto, generaba polarización extrema, pero estaba
contenido por los contrapesos del sistema, ya sea desde los tribunales, la
prensa, agencias gubernamentales independientes o incluso su propio partido.
Hoy, con un Congreso con viento a favor y contrapesos
que aprendió a sortear a fuerza de decretos, Trump ha dejado atrás al
adolescente revoltoso para convertirse en un niño con poder absoluto. Lo más
sorprendente es que, nueve años después, lejos de desgastarse, parece tener aún
más energía para imponer su voluntad, tanto en casa como en el mundo.
De la obsesión por el muro ha pasado a una
política de deportaciones agresivas, al estilo Obama, pero con un tono
vengativo. En ciudades gobernadas por la oposición, agentes del ICE son parte
del paisaje y del abuso, como en el caso de Renée Good, ciudadana
estadounidense muerta durante un operativo migratorio que la Casa Blanca
calificó como “daño colateral”.
Pero donde más se evidencia la mutación es en su
política exterior. Si en 2017 Rusia ocupaba el lugar central en su mapa de
amenazas, hoy ha sumado a China como su principal antagonista, no solo por la
rivalidad comercial, sino por la influencia global de su Nueva Ruta de la Seda.
Trump justifica cada acción en esta supuesta guerra estratégica, desde los
aranceles generalizados hasta su renovado empeño por anexionar Groenlandia. En
su lógica, todo es parte de una cruzada geoeconómica por la supremacía, en la
que ya no distingue entre aliados y rivales. Proclamó un “Día de la Liberación”
comercial, impuso tasas universales que sacudieron los mercados y reactivó su
ofensiva contra Europa, la OTAN y cualquier socio que cuestione su narrativa.
A diferencia del Trump de 2017, que ladraba, el
de 2026 muerde. Ordenó el bombardeo de instalaciones nucleares en Irán,
intervino militarmente en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro y colocó
bajo supervisión directa la producción petrolera del “nuevo chavismo”. A sus
socios más fieles, como Canadá y México, los ridiculiza, al proponer anexar a
los canadienses como estado 51 y amenazar con incursiones armadas en territorio
mexicano si no frenan el flujo de fentanilo. Todo bajo su versión personalista
de la Doctrina Monroe, la bautizada “Doctrina Donroe”, que redibuja el mapa
hemisférico y proclama que América es para los americanos… pero bajo el mandato
de Washington, como demostró al reactivar su presión sobre Panamá para expulsar
inversiones chinas del Canal.
Sin reelección a la vista, Trump gobierna como si
dirigiera una empresa, no un país. No le interesan los equilibrios ni la
independencia de poderes, y exige subordinación. Lo ha dejado claro al embestir
contra Jerome Powell y la Reserva Federal, presionando al Tesoro como si fuera
una gerencia más bajo su control. No rinde cuentas a nadie, al menos hasta que
las elecciones intermedias de noviembre próximo puedan marcarle algún límite. Por
el momento se siente envalentonado por sus propias decisiones y reclama genuflexiones
y validación constante.
En esa búsqueda obsesiva de validación, Trump
raya en lo ridículo y, lo peor, es que no le importa. Hace unos días, calificó
de “hermoso gesto” que María Corina Machado le compartiera su medalla del Nobel
de la Paz, como si el galardón pudiera transferirse por simpatía. Y en una
reciente conversación con el primer ministro de Noruega, se jactó de que ya no
le interesa recibir el Nobel, porque, según él, eso lo exime de cualquier
obligación de buscar la paz.
Con la psicología de un niño que todavía no ha
aprendido a compartir, Trump no solo quiere todos los juguetes para él, sino
que además los rebautiza con su nombre. Rediseñó la Secretaría de Defensa bajo
el título de “Secretaría de Guerra”, rebautizó el Golfo de México como “Golfo
de América”, le puso su apellido al Kennedy Center como si fuera uno más de sus
edificios y mandó demoler un ala de la Casa Blanca para construir un salón de
baile con su nombre. En su universo simbólico, el poder se marca, se adueña y se
exhibe.
Trump se desboca a diario en Truth Social, la red
que él mismo creó tras acusar a los gigantes tecnológicos de conspirar contra
su primera presidencia. Allí opina, ordena, ridiculiza y anticipa sus jugadas
sin filtros. Esta verborrea constante, que muchos consideran un acto de
egolatría o simple histrionismo, lo convierte, paradójicamente, en el político
más transparente del momento.
A diferencia de otros líderes que se amparan en
el lenguaje diplomático para disfrazar sus verdaderas intenciones, Trump las
exhibe, las grita, las sobreactúa. Le da igual si lo acusan de hacer el
ridículo. Hoy mismo circuló una imagen generada con inteligencia artificial en
la que aparece plantando una bandera estadounidense en Groenlandia sobre un
mapa redibujado a su antojo.
Pero esa transparencia brutal, por más que nos
exaspere, nos divida o nos agote, también nos permite conocer sus verdaderos
movimientos sin maquillaje. Y aunque sus métodos puedan parecer peligrosos,
incluso corrosivos para la democracia, vale preguntarse si esta exposición incómoda,
ruidosa y directa no es preferible a una política que, en nombre de la
diplomacia, se esconde de su pueblo o solo emerge cuando hay elecciones.
Quizás lo más preocupante no sea ver lo que hace
Trump, sino no ver lo que hacen los demás.